Estimaciones del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires hablaban en 2006 de la existencia de unos 5000 talleres de costura informales. En el Gran Buenos Aires el número superaría los 15 mil, con una concentración espacial muy marcada en la zona de Villa Celina (La Matanza) y en el Partido de Lomas de Zamora. En muchos de éstos se da el fenómeno de los talleres con condiciones de explotación que superan la no registración laboral, y que incluyen reducción a la servidumbre, trabajo forzoso y/o trata  de personas con fines de explotación laboral.

 

Origen de los talleres

El origen de este verdadero “sistema de sudor” en Argentina se remonta a fines de los 1980s, cuando algunas de las grandes fábricas de indumentaria cerraron sus portones y se convirtieron en “marcas”, es decir, oficinas encargadas de la creación de un concepto y de darle contenido a través de la publicidad. Sus actividades se redujeron entonces al marketing, el diseño, la moldería, la gestión comercial y en algunos casos el corte de las telas (que requiere de mano de obra capacitada y tecnología costosa). Desde entonces la totalidad de la costura se terceriza. Ello les permitió a las marcas generar un vínculo laboral informal con sus trabajadores costureros, y ahorrarse varios salarios al año (ya que no pagan aportes patronales, cargas sociales, vacaciones ni aguinaldo y, al pagar solo por el trabajo realizado, se ahorran los salarios de los 3 meses de baja temporada).

Al inicio de este proceso la demanda de costureros generada por las marcas fue muy alta, y poco a poco se formaron talleres que ofrecieron cubrir esa demanda. En un principio los precios de subcontratación (llamados tarifas) podían ser aceptables, pero una vez que la oferta de talleres superó ampliamente la demanda (a mediados de los 90s), los talleres entraron en una competencia ruinosa por las tarifas, y las marcas tomaron el control y comenzaron a imponer tarifas que hacen imposible pagar salarios como corresponde.

Fue ahí que los talleristas con cierta capacidad productiva y de gestión de negocios buscaron independizarse de las marcas buscando sus propios canales de comercialización. Sabían cómo producir, y tenían la maquinaria y la mano de obra. Surgió con fuerza en ese entonces el circuito de Avellaneda y Nazca en el barrio de Flores (CABA) y se consolidó el mercado de La Salada con la apertura de la tercera feria internada (Punta Mogote) en 1999.

 

Los talleres y las marcas

El universo de talleres de costura engloba una multiplicidad de situaciones. Desde una pareja que cose desde su casa para “afuera”, hasta una fábrica clandestina con 60/70 obreros en Villa Celina, el destino de la producción y las condiciones de trabajo varían enormemente. En el caso de los talleres en que se dan las peores condiciones de trabajo, se puede asegurar que algunos trabajan para comercializar su propia producción y otros para terceros, a la vez que es común la combinación de ambas opciones. Esto incluye producción para grandes comercializadores de La Salada y “calle Avellaneda”, así como también a grandes marcas.

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Según lo reconoce la propia cámara del sector (CIAI), la informalidad laboral en indumentaria alcanza al 70% y es una de las más altas de la economía. Esta es más común en la producción que en la comercialización. Así, en términos de la comercialización existe un gradiente de situaciones entre la formalidad y la informalidad, en donde ambos extremos  parecen estar bien definidos: las marcas venden en blanco y los puesteros de La Salada venden en negro. Entre medio existen mayoristas que subfacturan y miles de comercios minoristas que se abastecen tanto en La Salada como en calle Avellaneda, y que pueden facturar una parte de lo que comercializan. No obstante, al ir hacia atrás en la cadena productiva, formalidad e informalidad se entrecruzan hasta hacerse indistinguibles.

En nuestro país, unas pocas grandes marcas subcontratan la producción de algunos de sus ítems a fábricas en el sudeste asiático. Sin embargo, el grueso de la producción se realiza en el país, y en negro. Algunas marcas subcontratan directamente a “talleres de sudor” y otras lo hacen a través de intermediarios. Estos intermediarios pueden ser personas (o “agencias”) con contactos con talleristas, o fábricas que realizan una parte del proceso productivo y tercerizan algunas tareas, generalmente a talleres baratos que permiten ajustar costos y aumentar ganancias (las propias y/o las de las marcas). En los casos en que se descubren prendas de marcas en talleres informales, éstas aducen que los intermediarios tercerizan sin su permiso, o que incluso cuentan con instalaciones adecuadas y obreros registrados. En la práctica, el control sobre quiénes producen las prendas y en qué condiciones, que es obligatorio por ley, no se realiza, al menos no como corresponde. Ciertamente, es mucho más fácil y barato no prestar atención a estos aspectos y asegurarse las tarifas más bajas del mercado. El resultado es que del precio que el consumidor paga por una prenda en un shopping, el obrero costurero se queda con un 2 a 2,5% y la marca con cerca del 30%.

Una descripción clara de los actores y del funcionamiento de la cadena se encuentra en este documento preparado para el Ministerio Público Fiscal: http://www.mpf.gob.ar/protex/files/2016/05/Talleres-clandestinos-Montero.pdf

Reparto de la ganancia

El siguiente cálculo es el resultado de seis meses de investigación de un equipo de la Subsecretaría de Programación Técnica y Estudios Laborales del MTEySS (2015)

Reparto informe PROTEX juicio taller textil luis viale

El problema de decir “talleres clandestinos”

Más allá del amplio uso mediático del concepto de “talleres clandestinos”, su utilización  resulta problemática, dado que la carga peyorativa recae en el taller, es decir, en el tallerista, desvinculando de este modo a los “fabricantes” o marcas de toda responsabilidad. Además, tal denominación engloba a todo el universo de talleres de costura – hacia cuyo interior hay un gran abanico de realidades – bajo la situación de trata de personas, trabajo forzoso y demás violaciones a los derechos laborales y humanos de los/las trabajadores/as. Los talleristas que trabajan en esas condiciones no están – en absoluto – exentos de responsabilidad, y de hecho algunos de ellos están lejos de ser pequeños emprendedores. No obstante, la estigmatización peyorativa de todos los talleristas (englobados bajo el mote de clandestinos) facilita una vez más el trabajo de desligar a las marcas del problema.

Una alternativa es la de dar uso al término que se emplea en el inglés para estos casos: “sweatshops” o “talleres de sudor”. Su origen se remonta a un informe para la Cámara de los Lores preparado por una comisión especial encargada de estudiar las condiciones de trabajo en la industria de la indumentaria en los barrios pobres de Londres (1889). Allí se habló por primera vez del “sistema de hacer sudar” a los subcontratistas y sus trabajadores, que era aplicado por los comercializadores de ropa a los pequeños talleres que les producían. No obstante, trasladar las categorías de análisis de una realidad a otra también conlleva ciertos riesgos. En todo caso, la importancia reside en señalar la responsabilidad de los dadores de trabajo (marcas y fábricas grandes) cuando se hace referencia a los talleres.

En la Campaña decidimos usar “talleres clandestinos” por la simple razón de que facilita la difusión del problema, al arrojar mejores resultados en las búsquedas de información en internet.

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